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Sociopolítica

La ciencia como elemento esencial del desarrollo en el contexto de la política integracionista latinoamericana.

La ciencia como elemento esencial del desarrollo en el contexto de la política integracionista latinoamericana. Autores: Dr. Edgardo Romero Fernández; Dr. Jaime García Ruiz; Dra. Josefina Chinea Guevara.a)                 Ciencia y Valores: La imprescindible dimensión axiológica del desarrollo.A nadie caben dudas que en pleno siglo XXI la ciencia es el motor impulsor del desarrollo, pero ese desarrollo debe ser contextualizado, pues él no está desprovisto de una orientación axiológica determinada y su simple invocación no nos permite desentrañar cuales son las intenciones, de quien lo aclama, lo impulsa y lo defiende. Así, aunque muchas de las concepciones del desarrollo que conocemos se definen como universales, tienen un connotado carácter clasista y representan los intereses de clases y grupos de poder específicos[1]. Es por ello que la evaluación de la política de impulso a la ciencia como elemento propiciador del desarrollo, tiene que orientarse por la determinación del fomento de determinados valores, a partir de dicha política de apoyo a la ciencia, a la investigación y a los atributos y elementos que les son inherentes, por tanto esa será la lógica y el curso de nuestra explicación.¿Cuáles son los valores que orientan el desarrollo que preferimos? La pregunta es evidentemente lícita y por ello nos detendremos en algunas consideraciones sobre las relaciones axiológicas, que deben servir de referencia para entender nuestra lógica. En su brillante ensayo Hipótesis para una teoría marxista de los valores, Agnes Heller plantea: “Todo lo existente, (cosas, objetos en sentido epistemológico, actitudes, acciones, instituciones, procesos) puede tener contenido axiológico. Esas entidades funcionan como valores cuando hay una elección que se dirige a ellas y es generalizable o ya generalizada.”[2] Para Heller no hay dudas de que la ciencia, al igual que el arte y la filosofía entre otros son valores, entre otras cosas porque propician la riqueza del genero humano, e incluso por ello adquieren la cualidad de valor universal[3], pero lo que queremos destacar coincidiendo con Heller es el sentido electivo de la relación axiológica, pues como ya apuntamos, el contenido axiológico del desarrollo aparece interpretado de modos muy diferentes por diversas escuelas y teorías.Max Weber como ideólogo del capitalismo señaló como valor supremo del mismo, la propiedad privada, su defensa y la postulación del afán de lucro como instrumento supremo del desarrollo. En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, señala: El ascetismo laico del protestantismo, podemos decir resumiendo, actuaba con la máxima pujanza contra el goce despreocupado de la riqueza y estrangulaba el consumo, singularmente el de artículos de lujo; pero, en cambio, en sus efectos psicológicos destruía todos los frenos que la ética tradicional ponía a la aspiración a la riqueza, rompía las cadenas del afán de lucro desde el momento que no solo lo legalizaba, sino lo consideraba como precepto divino.”[4]Ese afán de lucro es contrario a la idea de justicia social y al sentido de equidad que inspiró el proceso independentista en contra de la dominación española  y los propósitos unificadores de Bolívar[5] y de tantos otros próceres latinoamericanos, así pues escoger una u otra vía, uno u otro valor para orientar la política de desarrollo científico en la región tiene efectos muy diferentes. O sea la elección de unos u otros valores para potenciar el desarrollo origina “desarrollos” diferentes y debemos ser capaces de identificar cual es el tipo de desarrollo que más conviene a nuestras sociedades, a nuestros pueblos.Otro factor que incide en la interpretación axiológica diferente del desarrollo es la concepción del desarrollo como proceso continuo o como proceso continuo y discontinuo a la vez. Para evolucionistas como Spencer, Comte y otros el asumir el desarrollo como proceso que siempre está ocurriendo definitivamente significa renunciar a los cambios revolucionarios, a los saltos, a las transformaciones radicales en aras de alcanzar lo que parece imposible; para los revolucionarios al estilo de Marx la posición anti evolucionista indica que el desarrollo es resultado y no proceso y por tanto, hay que planificar con miras puestas en el gran salto, en lo que definitivamente hay que superar. La cuestión no es meramente de formas, pues si el avance en materia de ciencia se mide por el impacto que tiene esta actividad en el mejoramiento real de las condiciones de existencia del género humano estamos en presencia de una ciencia humanista, ecologista, que propicia un desarrollo sostenible, mientras que si el avance de la ciencia se mide, por el numero de patentes, artículos publicados en revista de punta, o nominaciones recibidas a los grandes premios internacionales establecidos” estamos en presencia de una ciencia elitista.Establecidos estos preceptos, nos ayudará en nuestro análisis el recordar que valores sirvieron de sustento a los proyectos integracionistas latinoamericanos, para determinar si ellos han sido o no escogidos al planificar la política científica de la Comunidad Andina de Naciones. En el resultado de investigación presentado por nuestro equipo en 2004 se definían como valores fundacionales de la integración latinoamericana los siguientes: emancipación individual y colectiva; justicia social; equidad; independencia nacional; unidad latinoamericana; tolerancia a la pluriculturalidad; intransigencia hacia los intentos de dominación y recolonización; identidad cultural latinoamericana  y la propia integración latinoamericana[6].Sin dudas, el fenómeno científico-tecnológico contemporáneo adopta tres dimensiones[7]  perfectamente identificadas  por los responsables directos de los más importantes avances en el área. Estas tres dimensiones están relacionadas, en primer lugar, con la agilidad en la aplicación de los resultados científicos, lo que implica conciencia en sus autores de la importancia práctica de ellos; asimismo, son igualmente conscientes del peligro que significan estas nuevas aplicaciones de invenciones que pudieran modificar, para bien o para mal, la estructura misma de la naturaleza y la sociedad actual.  El pensamiento moderno ha abandonado por completo las posiciones contrarias a la relación ciencia-sociedad y admite a la actividad científica como responsable del surgimiento de posiciones filosóficas que -bajo reglas epistemológicas propias- han delineado las estructuras sociales y políticas asimiladas por el hombre en cada época. El devenir científico -con ayuda del derecho como su instrumento más útil de protección y seguridad- ha ido elaborando  las estructuras económicas, políticas y culturales en cada época histórica, con el estímulo, el rechazo o la tolerancia de su entorno natural y social. Por ejemplo, el desarrollo de la biogenética hoy y las enormes posibilidades que ofrece la llamada ingeniería genética han generado una pléyade de opiniones en contra de la aplicación de los resultados científicos en esta área, dado el peligro que representan -en primer lugar- para la conservación de la especie humana en su ambiente natural y social.  Aunque en general, los representantes de la ciencia genética son conscientes del peligro que entrañan los nuevos conocimientos, están convencidos –igualmente- que la ignorancia es mucho más peligrosa para el hombre que vive en sociedad.  Las voces que se alzan en el mundo contra los estudios y aplicaciones de la biogenética buscan en el derecho un freno legal; sin embargo, en realidad, las nuevas biotecnologías solo pretenden  encontrar, comprender y utilizar nuevas y viejas formas de vida. El reto para el hombre moderno, en este caso, es la decisión de desperdiciar o utilizar las reservas genéticas del planeta, y en consecuencia definir el alcance y significado de las acciones en tal sentido. La segunda dimensión en que se manifiesta el fenómeno científico-tecnológico contemporáneo se expresa en la preocupación del científico por la formación del profesional que ayuda de una u otra manera a producir. El científico –que en muchos casos, es además, profesor universitario- colabora para formar un profesional que debe ser capaz de cumplir con la investigación en un sentido de acoplamiento práctico entre ésta y la realidad que lo circunda.Esta preocupación educativa del profesional de la ciencia es consecuencia de la comprensión de su misión en la era de la economía del conocimiento. Es una preocupación que nace de su conciencia ética, pero que -en su pretensión de trascender- se convierte en educación en valores a las nuevas generaciones de hombres de ciencia encargados de mantener en el tiempo el diálogo justo entre ciencia-tecnología y sociedad. De ahí otra de las grandes preocupaciones del fenómeno científico tecnológico moderno, relacionada con el modo de influir en su entorno para que tal diálogo sea justo.  Resulta imprescindible tener presente, que la conciencia se forma en el hacer, para influir sobre ese hacer, determinándolo y regulándolo, llevando a la práctica ideas creadoras que transforman la naturaleza, la sociedad y al propio hombre; sin embargo, no es posible olvidar que la conciencia resulta de un complejo de vivencias emocionales basadas en la comprensión que el hombre tiene de la responsabilidad moral ante la sociedad y que es resultado de una autoevaluación del individuo de sus propios actos y de su comportamiento, determinada -en última instancia- por su posición en la sociedad, sus condiciones de vida y su educación. Estrechamente relacionada con el deber, la conciencia -como activa reacción del hombre en respuesta a las exigencias de la sociedad en que vive- constituye una poderosa fuerza interna de perfeccionamiento moral del ser humano.  Esta es –entonces- la forma de influir, poténciense dentro de los procesos educativos los aspectos que tengan que ver con la comprensión de la responsabilidad moral del científico en su relación con su entorno a partir de los valores más significativos que han acompañado el devenir del ser humano y se estará asegurando el acople justo entre ciencia, tecnología y sociedad. La tercera cuestión del fenómeno científico moderno por su orden no deja de tener igual o mayor importancia que las tratadas. Si la conciencia del peligro y la educación en valores resultan factores significativos para la ciencia de este siglo, la dimensión político-jurídica del asunto no lo es menos. El científico ha precisado del contacto con los poderes público, primeramente por asunto de distribución del financiamiento de la actividad científica, y en adelante, por verse definitivamente involucrado en la toma de decisiones públicas en relación con las políticas estatales sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, esencialmente a través del hecho jurídico. En todas las etapas de la construcción del sistema jurídico se verifica la continua necesidad de tomar decisiones. Tomar decisiones significa introducir valores. Valores, asumidos a partir de consideraciones (leyes o teorías) de orden científico, filosófico, ético, antropológico y religioso que siendo pre y meta legales están presentes en la intencionalidad del sistema jurídico como ordenador social que éste es. He ahí el desafío para el derecho: la imprescindible manifestación autóctona de su función social en cada etapa histórica ha de considerar que la ciencia y la tecnología merecen una política propia a partir de intereses y valores muy suyos.  Erigiéndose en razón de equilibrio, equidad y justicia[8] entre la actividad científica y la sociedad, el derecho expresado en la norma jurídica hará explícita la dimensión política de la actividad científico-técnica. Un ejemplo conocido de interferencia en el diálogo ciencia-sociedad son los derechos de propiedad intelectual, fundamento jurídico de la sociedad del conocimiento tal como los concibe la Organización Mundial de Comercio, que se convierten en un elemento esencial dentro de las estrategias dirigidas a un mayor control de la comercialización sobre los recursos genéticos, la diversidad biológica y los conocimientos asociados, lo cual se traduce en la destrucción de las comunidades agrícolas locales y su diversidad biológica y cultural. Todo esto lleva a la negación de la soberanía alimentaria, a la destrucción de la capacidad local para producir alimentos en forma sustentable y a la imposición de sistemas agroalimentarios industrializados y globalizados. Una reflexión que interesa en este diálogo ciencia-sociedad está contenida en la petición “Heidelberg”, que presentada por varios científicos a los jefes de Estado, en la clausura del Foro de las Naciones Unidas en Río de Janeiro en 1992, finalizó con las siguientes palabras: “Los grandes demonios que asolan nuestra tierra son la ignorancia y la opresión; no la ciencia, la tecnología y la industria, cuyos instrumentos, cuando están manejados adecuadamente, son herramientas indispensables de un futuro manejado por la humanidad, por ella misma y para ella misma, para superar los mayores problemas como el exceso de población, el hambre y las enfermedades”. En fin lo que se proyecte en materia de ciencia y técnica, asi como también en educación o acción social, no puede estar divorciado de un modelo de desarrollo elegido para un país determinado, teniendo en cuenta sus intereses, valores y cultura propia.  La discusión es –entonces- cuál es el rumbo político a tomar y con cuáles medios se hace efectiva tal dirección. Si bien la ciencia es la práctica de una actividad profesional de carácter universal, el rumbo que se elija deberá propender a:a) estimular y fomentar mediante una adecuada financiación la producción de conocimientos en los ámbitos más diversos, desde la física y matemáticas, a la paleontología y las ciencias sociales, en el marco de los criterios internacionales de la actividad científica; b) al desarrollo de las bases fundacionales del conocimiento de la realidad social, física y biológica del espacio para el que se asume. Estos constituyen parte de los cimientos sobre los cuales construir un desarrollo científico-tecnológico autónomo libre de los vaivenes, lineamientos, criterios y condicionamientos emanados internacionalmente, y con posibilidades de integrarse y consolidarse a escala regional. Un modelo (o plan, o política científica) trata, por un lado, de estimular e impulsar -con toda decisión- el crecimiento científico y tecnológico (en todas las áreas del conocimiento) en el marco de la universalidad de la ciencia y criterios de carácter internacional, y por otro, de contribuir a consolidar la actividad científico-tecnológica para el desarrollo de conocimientos y soluciones a las distintas y ricas problemáticas socioculturales, físicas, biológicas, entre otras; y que -sin lugar a dudas- necesita perentoriamente de un sistema axiológico que le sustente y le marque el camino de hermanamiento con los principios humanos más nobles que han acompañado el devenir del hombre. b) La integración y el conocimiento científico y tecnológico como factores del desarrollo endógeno en los países andinos.  Los procesos integracionistas deben ser un vehículo para potenciar el desarrollo endógeno de las naciones subdesarrolladas y no un fin en si mismo. Está claro según nuestro criterio que los modelos de desarrollo industrial por sustitución de importaciones y más recientemente el neoliberal han sido impuestos[9] desde afuera en respuesta a los intereses de los países centrales. Con ello los esquemas de integración de la región han quedado atrapados en la lógica y subordinados a los intereses del gran capital transnacional. Las  instituciones integracionistas en América Latina y el Caribe que surgen a partir de la segunda mitad del Siglo XX son resultado, por un lado, de las influencias del pensamiento neoclásico o neoliberal sobre la integración que postula la liberalización del comercio (la eliminación de aranceles y otros obstáculos al comercio) y por otro lado, “las teorías del desarrollo y modernización – elaboradas por la CEPAL correspondiente a la escuela estructuralista dirigista – y la Teoría de la dependencia”[10].  La teoría cepaliana y su máximo representante – Raúl Prebisch – orientaba su crítica a la teoría clásica del comercio internacional y sostenía que “la única solución para lograr el progreso económico era la industrialización”[11]. Esta concepción prevaleció en el pensamiento y la acción Latinoamericana durante los años 50 y parte de los 60. Con el fracaso del modelo de desarrollo sustentado en la industrialización por sustitución de importaciones aparece la alternativa de la integración. A partir de la segunda mitad de la década de los años 60 “se comienza a desarrollar un pensamiento crítico tanto de la `Teoría del desarrollo o modernización ¨ como de la Teoría desarrollista cepaliana. Este nuevo enfoque se conoce con el nombre de Teoría de la dependencia – cuyo padre fundador es Fernando Enrique Cardoso. Otros exponentes importantes lo han constituido: Theotonio Dos Santos, André Gonder Frank, Samir Amin, Octavio Ianni, Darcy Ribeiro, Ruy Mauro Marini, Marcos Kaplan, Celso Furtado y Vania Bambirra”[12] . Así, bajo estas corrientes de pensamiento es que se fundan la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) mediante al tratado de Montevideo en 1960 y derivada luego en la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI); el Pacto Andino mediante el acuerdo de Cartagena en 1969, el Mercado Común Centroamericano (MCCA) y la Asociación Caribeña de Libre Comercio (CARIFT), transformado después en Mercado Común del Caribe (CARICOM). La educación, la elevación de los conocimientos, así como la producción científica y tecnológica son momentos esenciales de la dimensión social del desarrollo y la integración para las sociedades Latinoamericanas, al convertirse cada vez más en un factor de elevación de la eficiencia de la producción y generadores de riqueza y bienestar. La elevación de los niveles de educación y la producción de conocimientos – ciencia y tecnología – “crea una segunda conexión directa… con la productividad, y los determinantes  del capital humano, es decir, la educación, la cultura y la salud”[13] . Con el estancamiento de la ALALC, el Pacto Andino le dio un papel preponderante a la cooperación en el área de los Acuerdos de Complementación Industrial iniciadazos por la primera y crea un conjunto de Mecanismos de Programación Industrial. Estos toman dos divisiones fundamentales:“1. Programas de Racionalización de la Industria existente (PRI).2.           Programas Sectoriales de Desarrollo Industrial (PSDI) para programar las nuevas inversiones”[14]. La programación industrial elaboró propuestas para sectores como el Petroquímico, Metalúrgico, Automotriz, Siderúrgico, Eléctrico, la Comunicaciones, la Química, Farmoquímico y Fertilizantes. Sin embargo, le asignó el “rol centro al sector privado”[15]. Pero para este sector privado era trascendental los mercados externos y además, la presencia las Empresas Transnacionales era preponderante. En los países del Pacto Andino la Programación Industrial se concentró en los sectores de mayor presencia transnacional por lo que los beneficios que podía aportar la integración en el área de la ciencia y la tecnología quedaron dependiendo de las Empresas Transnacionales, las cuales determinaban quienes se integraban, como lo harían, en beneficio de quién y no en función del desarrollo de las naciones Andinas que se integraban.[16]. En las condiciones de los países  del Pacto Andino, basados en un modelo de desarrollo capitalista transnacionalizado, el conocimiento científico y la tecnología  y su introducción se encuentran subordinados a la maximización de la ganancia y en función de la competitividad y no del desarrollo y el bienestar. Su carácter privado y monopólico crea “barreras de propiedad intelectual y barreras técnicas concentrando cada vez más y en menos manos  los dispositivos de investigación científica; todo lo cual va generando enormes costos de transacción y contradicciones en el proceso de circulación y recombinación de los conocimientos; que acabarán convirtiéndose en una barrera del progreso tecnológico mismo”[17]. En “los países del Pacto Andino, 513 filiales de empresas de los Estados Unidos que operaban al final del decenio de 1960 (cuando se concertó el Pacto), 362 tenían compañías afiliadas en, al menos, otros países miembros, y 252 en dos de ellos como mínimo. De manera análoga, en 1973 las 437 empresas matrices extranjeras con 768 filiales en la Argentina tenían 2109 filiales similares en los demás países miembros de la ALALC”[18]. En cuanto a las Inversiones Económicas Directas (IED) en América Latina, las Empresas Transnacionales de la Unión Europea (UE) tomaron el mando desplazando a Estados Unidos en 1998. En esta fecha la UE realiza IED en América Latina por un monto de 29 045 Millones de dólares, mientras que Estados Unidos alcanza invertir 16 697 Millones de dólares[19]. La misma fuente señala además, que el interés de las transnacionales europeas ha estado localizado fundamentalmente en tres direcciones:· “El acceso a los mercados de servicios y manufacturas en los países de América del Sur.· La búsqueda de una plataforma de exportación en México para acceder al mercado de América del Norte, principalmente EEUU.· El acceso a los recursos naturales (hidrocarburos, entre otros) en los países andinos”[20]. Como se aprecia en la tabla No. 1, el interés de las IED no es la transferencia de conocimientos científicos y de nuevas tecnologías que propicie el desarrollo, sino el acceso a los mercados y a los recursos naturales. Así, la transferencia científica y tecnológica no se convierte en un factor facilitador de la integración; sino más bien desintegrador,  y el desarrollo sigue siendo dependiente y desvinculado de las necesidades sociales, productivas que propicien el incremento de la calidad de vida de las naciones miembros.     Importación de Bienes de Capital Fuente. Revista del Banco Nacional de CubaTabla No. 1. Unión Europea: IED en América Latina por subregiones, de destino. 1992 – 2000. (en Millones de dólares y porcentaje).

Regiones19921995199820001992/2000(%)
América del Sur18933986258353156387.7
·                   MERCOSUR11472267240332317666.5
·  Comunidad Andina693120023759813.9
·  CAN, % de América del Sur36.630.10.024.0 
México3611462157224088.3
América Central388-796163812494.0
Total América Latina147746522904535220100.0
 Las políticas que rigen la coordinación del accionar científico hacen referencia a la  necesaria coordinación y cooperación en la actividad científica y tecnológica  entre investigadores e instituciones  de distintos países, como vía para alcanzar el crecimiento económico, pero olvidan al ser humano como  principal actor y consumidor de la propia ciencia y tecnología, ser humano que está insertado en una sociedad histórica y concreta y que en mucho de los casos no tiene posibilidades reales para acceder a dichos adelantos, por no poseer el poder adquisitivo para ello, más aún las asimetrías entre el desarrollo de los diferentes países suscriptores de los diferentes documentos de cooperación son ignoradas y no porque no se declare en los documentos y se esboze en las políticas, sino porque no se realizan acciones concretas para revertir la asimetría y pasar de cooperación entre iguales  (que no lo son) a cooperación solidaria en donde unos en ciertos aspectos tendrán que poner más que otros, es así, como la distribución más equitativa de los adelantos de la ciencia y la tecnología debería ser el medidor real  de el valor justicia en el ámbito de la ciencia respecto a los proceso de integración latinoamericana. La mera información o el acceso a esta no generan conocimiento, sino que muchas veces genera incomprensión, estigmatiza negativamente al sujeto que no comprende y lo margina del proceso de desarrollo. Por tanto la coordinación y la cooperación en el plano de la ciencia y la tecnología deben articularse con valores como solidaridad, conciencia cívica y participación popular por solo mencionar algunos. c) Dimensión político-jurídica de la ciencia y la tecnología en el MERCOSUR. La inserción en el comercio internacional, con capacidad de incorporar alto valor agregado y competitividad, depende cada vez más de la capacidad de innovación de empresas que, nutridas del conocimiento científico, se transformen en locomotoras del crecimiento. Ello supone crearles fuentes de financiamiento, reproduciendo la sinergia entre empresa, universidad y gobierno necesaria para ello. El proceso de integración del MERCOSUR, más allá de los logros a nivel de comercio, ha tenido dificultades en la coordinación de políticas macroeconómicas y en la definición de aspectos comerciales frente a las importaciones de terceros países lo que se vincula al establecimiento del Arancel Externo Común. Las diferentes modalidades de intervención estatal en las agriculturas de los países: subsidios, créditos, restricciones arancelarias y no arancelarias, prácticas desleales de comercio y otras, han sido motivo de disputas y conflictos que han actuado como factor en contra de la existencia de una política regional que favoreciera la competitividad de la región en los mercados mundiales. Ello no ha favorecido la integración de las cadenas exportadoras entre países, que en la actualidad operan en muchos casos como cadenas nacionales, siendo evidente que a medida que se progrese en la definición de políticas comunes, se estará creando el entorno necesario para el desarrollo de cadenas productivas regionales. En conclusión, como respuesta a los cambios externos derivados de la globalización, a la profundización del proceso de integración en el MERCOSUR y a la implementación de políticas de apertura, comienza a conformarse un sector industrial regional caracterizado por un incremento extraordinario del comercio dentro del bloque, por un crecimiento de comercio de agroalimentos entre el MERCOSUR y el resto del mundo y por importantes flujos de inversiones entre países, que con diferentes objetivos se posicionan en la región. Las demandas tecnológicas derivadas del nuevo escenario competitivo, determinan nuevas exigencias para los sistemas de innovación. La formación de mercados comunes y la integración regional, al provocar cambios en las estrategias competitivas del sistema industrial, implican también modificaciones en la forma en que se organizan y ejecutan las actividades de ciencia, tecnología e innovación. La globalización y la regionalización apuntan a que los procesos estructurantes de la economía, de la tecnología y de la información estén interligados –lo que refuerza la ocurrencia de redes de innovación, introduciendo así un dinamismo flexible que requiere coordinación. Los actores involucrados con la ciencia, la tecnología y la innovación tienen por lo menos tres grandes desafíos: saber gerenciar los beneficios intangibles, como el aprendizaje y el conocimiento tácito; saber organizar estructuras de cooperación, lo que ha sido hecho por la organización de redes; y cultivar las competencias por medio de la búsqueda de eficiencia y de mayor capacitación técnico-científica y organizacional. O sea, lo que se destaca son los aspectos de gestión del aprendizaje[21] y de las competencias relacionadas[22]. Las condiciones de construcción de competencias (referidas a capacidades) y de desarrollo de capacitación (proceso de aprendizaje) influyen en la dirección del cambio técnico. Siendo así, el conocimiento no es completamente transferible, o sea, no puede ser integralmente codificable. Hay elementos relativos a la práctica del conocimiento que están ligados a las habilidades y al conocimiento tácito específico. De esta forma, la competencia se vuelve elemento esencial al permitir poner en práctica procedimientos para resolver problemas, para capacitar la utilización de conocimientos externos, para crear, dominar y desarrollar tecnologías y procesos/productos, para una mejor comprensión de la demanda de consumidores y usuarios y posibilitar una mayor interacción entre éstos. Esa comprensión dinámica del proceso de innovación es de extrema importancia para agencias de fomento y de promoción de actividades cooperativas, pues permite estructurar políticas para el área de ciencia y técnica que enfaticen la cuestión del aprendizaje y de la construcción de la capacitación y de competencias. Considerar el papel de la ciencia y de la tecnología como estratégico en el proceso competitivo significa articular formas más eficientes y efectivas de hacer investigación y desarrollo. En ese sentido, la cooperación apunta a una mayor efectividad, es preciso utilizar sus ventajas. Ciencia y tecnología son endógenas al sistema económico[23] y las innovaciones tecnológicas son necesariamente construidas por “colectivos”[24]. La utilización del concepto de redes permite vinculaciones y relaciones entre cuestiones habitualmente separadas como investigación básica y aplicada; bienes públicos y bienes privados. Las redes y los sistemas de innovación no se organizan según una lógica de bienes públicos y bienes privados, sino según una división de competencias esenciales, en una división de tareas que coordina el proceso innovativo desde sus componentes científicos más básicos hasta las fases de desarrollo del producto o servicio, llegando a la comercialización y a la distribución. En esta situación, lo que más se destaca es la capacidad de los agentes comprometidos en producir los resultados esperados para que la red o el sistema funcionen y alcance sus objetivos. Cualquier consorcio o red, al ser organizado, define los derechos de propiedad para todos sus participantes, inclusive los de naturaleza pública/estatal. La inserción en el comercio internacional, con capacidad de incorporar alto valor agregado y competitividad, depende cada vez más de la capacidad de innovación de empresas que, nutridas del conocimiento científico, se transformen en locomotoras del crecimiento. Ello supone crearles fuentes de financiamiento.  Brasil es el primer país latinoamericano que alcanzó la ansiada meta del 1% de inversión del PBI en investigación y desarrollo: 1,04% en 2000. Este índice se considera la frontera entre los países que empiezan a desarrollarse y los de economías débiles. El promedio de inversión europea es de casi 2%, mientras los países más avanzados se acercan al 3% y lo superan. La media latinoamericana es baja: 0,6%. La Argentina nunca sobrepasó el 0,45% y ahora descendió al 0,33%. Los otros miembros del Mercosur invierten menos: Uruguay, el 0,22% y Paraguay el 0,1% de sus PBI. Chile, mucho más: 0,6%, detrás de Brasil.  Brasil invierte más de US$ 6200 millones por año en I+D y la Argentina unos US$ 400 millones, cifra que, a modo de ejemplo, este año aportarán solamente los fondos sectoriales en Brasil. Los otros países del Mercosur invierten poco: Uruguay US$ 32 millones, Paraguay US$ 5 millones y Chile US$ 400 millones.El sector empresarial brasileño invertía el 12% del total anual de I+D y ahora llegó al 42%, con más de US$ 2500 millones. Por eso sus exportaciones crecen y llegan casi a US$ 90.000 millones por año, tres veces más que la Argentina. En Argentina, el sistema de ciencia y técnica no está conectado con la industria, que sólo invierte el 20% del total anual en investigación y desarrollo. En Uruguay la propensión innovadora también es baja y en Paraguay, nula. En Chile la inversión privada llega al 33% del total. La Argentina sólo exporta un 14% de alto valor agregado. En un trabajo publicado por la Universidad Católica Argentina (2003), Elvio Baldinelli propone una meta para reducir el desempleo y afrontar la deuda: exportar US$ 70.000 millones en 2010, lo que significaría un incremento a una tasa anual acumulada del 14%. Agrega que dicha meta es inalcanzable por los medios tradicionales, pues no podemos duplicar las cosechas, el petróleo y otros bienes primarios. Concluye que hay que innovar a través de la inversión en I+D, para lograr mayor valor agregado. Sachs[25] da en la clave: “La Argentina está empantanada en las exportaciones tradicionales. Mucho de esto se origina en la baja inserción de la ciencia y la técnica”. En Argentina hay unas 900.000 empresas, de las que sólo 12.000 exportan. Un gigante adormecido, con elevadísimas protecciones arancelarias que generan una industria sin competitividad, que vende a un mercado interno cautivo. Brasil, en cambio, al optar por la innovación, ascendió al puesto 57 del ranking de competitividad publicado por el Foro Económico Mundial en el 2004 La Argentina está en el puesto 74. La Reunión de Ciencia, tecnología y sociedad de Noviembre del 2004 en Argentina demostró que la globalización tal como está planteada no es el camino deseable, pues genera mucha riqueza, pero a costa de la marginación y el empobrecimiento de las mayorías. Por esto, es que el desafío que se le plantean a los países latinoamericanos pasa por la posibilidad de ampliar el acceso de la sociedad a la ciencia y la tecnología. Allí dijo el Ministro de  Educación, Ciencia y Tecnología, Daniel Filmus, de Argentina: “Nuestros países están en condiciones de dar este debate”, porque “el objetivo no es sólo crear conocimiento, sino cómo poner el conocimiento creado al servicio de las grandes mayorías. Entonces, lo que vamos a discutir en este encuentro es cómo va a vivir nuestro pueblo en las próximas décadas”[26]Por su parte, el ministro Ciencia y Técnica del Brasil, Eduardo Campos, subrayó la importancia estratégica que tiene la ciencia y la tecnología en el proceso de integración regional para concretar el objetivo de consolidar “una nueva sociedad basada en el conocimiento”. “Queremos que la ciencia y la tecnología sean la fuerza inductora para el proceso de integración. Estoy seguro que juntos podremos conseguir los objetivos planteados para el desarrollo”, afirmó. La Reunión “Ciencia, Tecnología y Sociedad” tuvo el objetivo de difundir a la comunidad, los avances científicos y tecnológicos más recientes y mostrar de forma comprensible cómo el conocimiento contribuye al desarrollo cultural, económico y social de nuestros países. Algunas de las temáticas abordadas por los especialistas fueron: Salud Humana, Biotecnología, Cambio Climático, Fuentes de Energía, Tecnología de la Información y las Comunicaciones, Ciencias Espaciales, Sociales y Humanidades, entre otras. Se discutieron también temas de política científica de la región, como el financiamiento de la ciencia, la ética, la relación con los medios y la transferencia de tecnología a la industria nacional y regional.En su formulación jurídica la ciencia en el MERCOSUR pasa por un período de armonización de las legislaciones nacionales vigentes en cada estado miembro y en ese sentido el mayor de los logros ha sido la aprobación por el Consejo del Mercado Común del Protocolo de Armonización de Normas sobre Propiedad Intelectual en el Mercosur, en Materia de Marcas Indicaciones de Procedencia y Denominaciones de Origen como decisión número 8/95.Ante la problemática planteada en el Mercosur por la circulación de bienes y servicios entre Estados que presentan diferencias en los regímenes jurídicos de protección de la propiedad intelectual y la concreción de los nuevos términos de protección internacional en el marco de la OMC, optó por implementar un sistema de armonización del derecho de marcas. El mismo deberá ser implementado por cada Estado de los países integrados, en su esfera interna. Para ello se elaboró un documento que buscó aunar las diversas existencias entre las legislaciones e intereses de los Estados Partes, siguiendo las previsiones orgánicas del Tratado de Asunción. Por Resolución 25/92 se creó la Comisión de Propiedad Intelectual en el ámbito del Subgrupo 7.3.Su labor terminó a fines de 1994 con la aprobación de un Acuerdo de armonización de Normas sobre Propiedad Intelectual en el Mercosur, como Recomendación 7/94 del Subgrupo 7. El CMC aprobó dicho documento como Decisión 8/95 .Este Protocolo se elaboró en base al estudio de las legislaciones de los estados parte, las disposiciones del Convenio de París y el ADPIC. En Uruguay se aprobó por ley 17052 de 14 de diciembre de 1998, que consta con la aprobación paraguaya desde 1996.Para tratar de evaluar la dimensión político jurídica en Ciencia y técnica en el Merco Sur teniendo como patrón los valores formulados como fundacionales del movimiento integrador latinoamericano y que han sido descripto up supra, será necesario confrontarlos tanto en el plano objetivo, subjetivo e institucional en que se desenvuelven los actos político-jurídicos sobre ciencia y técnica en el área.Indiscutiblemente los valores fundacionales están concebidos como pilares de los actos políticos integradores de la ciencia y técnica en el MERCOSUR, están igualmente en la subjetividad individual y colectiva de los pueblos que conforman el area, pero sin dudas entran en contradicción con la dimensión jurídica de estas políticas públicas sobre ciencia y tecnología.Son los asuntos referidos a la organización y estructuración de la propiedad industrial, de la propiedad intelectual, es la legislación de marcas y patentes dispuesta por la Organización Mundial de Comercio la que impone cánones de funcionamiento para los países del sur que no permiten a las políticas –por muy humanistas que sean en su formulación- ordenar una acción de ciencia y tecnología en la región que potencie la industria y los productos de la zona en coherencia específica con un desarrollo sostenible que procure por todos los medios el mantenimiento de los ecosistemas propios y evite las agresiones al ambiente.Los mecanismos jurídicos que acompañan la armazón de la economía del conocimiento que mueve hoy al mundo, están totalmente desprovistos de un sistema de valores que potencie el desarrollo humano sostenible, más bien esos valores se encuentran en total dependencia del mercado despiadado y orientado por completo a la búsqueda de ganancia.Axiología y derecho se han divorciado definitivamente en esta era del conocimiento y los problemas comenzaron el día en que se pensó en utilizar el derecho sobre el conocimiento para imponer relaciones económicas de vasallaje feudal en esta aldea global.  Concluyendo la acerca de la situación en ambas regiones podemos afirmar que los valores promulgados oficialmente en los procesos integracionistas latinoamericanos contemporáneos coinciden esencialmente con los valores fundacionales de la integración latinoamericana, pero su implementación no garantiza una integración potenciadora de lo latinoamericano. 


[1] Ver: Romero, Edgardo. “Crítica a las posiciones voluntaristas y empiristas en el tratamiento de la relación causal entre valores y desarrollo social”. ISLAS, 115, Editorial Feijóo, Universidad Central de las Villas, mayo-diciembre, 1997, p.161, 164-166, 168-169.
[2] Heller, Agnes. Hipótesis para una teoría marxista de los valores. Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1973, p. .55.
[3] Idem, p78
[4] Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Ediciones Península, Barcelona, 1994, p. 242.
[5] Citar Informe de investigación.
[6] Citar Informe de investigación.
[7] Estas tres dimensiones fueron identificadas por el físico y profesor de la Sorbona Dr. Pierre Aigrain en una entrevista que sostuvo con George Charbonnier publicada en el libro “El hombre de ciencia en la sociedad contemporánea”, Siglo XXI Editores, 1970. 
[8] Entiéndase aquí la justicia tal como se concibe en el estudio “Valores de la posibilidad real de la integración latinoamericana,  SIETE CÁTEDRAS PARA LA INTEGRACIÓN,  Convenio Andrés Bello, Bogotá, 2005, pág 183-187.  
[9] Ver: Muñoz, Roberto. Los proceso de integración en la región latinocaribeña: Inserción de Cuba y sus perspectivas. Informe Final de Investigación. Universidad Central  de la s Villas, Cuba, 2005, Cap. I

[10] Colectivo de Autores. Economía Internacional, Tomo II. Edit. “Félix Varela”. La Habana, 1998, pp 33-34.

[11] Ver: Economía Internacional. Op. Cit. P. 36.
[12] Idem., p. 37.

[13] Lage Dávila, A. La Economía del conocimiento y el socialismo (II): Reflexiones a partir del proyecto de desarrollo Territorial en Yaguajay. Revista Cuba Socialista No 33, 2004. pp. 3-4.

[14] Economía Internacional. Op. Cit. P 54.

[15] Idem, p. 55.

[16] Ver: UNCTAD. “El papel de las empresas transnacionales en los esfuerzos de integración en América Latina”, Agosto. 1983, p.23.
[17] Lage Dávila, A. Op. Cit. P. 13.
[18] UNCTAD. Op. Cit. P 13.

[19] Ver: Revista del Banco Nacional de Cuba, Gráfico No 1. p. 6

[20] Revista del BNC, p. 6
[21] KLEIN, D.A. “A gestão estratégica do capital intelectual: uma introdução”. In: Klein, D.A. A gestão estratégica do capital intelectual: recursos para a economia baseada em conhecimento. R.J: Quality mark Editora, 1998, p. 1-12.
[22]MUNIER, F. Competences pour innover et politiques publiques: une nouvelle orientation des politiques publiques d´aides a innovation sur la base d´une enquête française. Brest: UBO-ENST Bretagne, V Colloque International d´Economie Publique Appliquée, 10 et11 Juin, 1999.
[23] FREEMAN, C. (1975) La teoría económica de la innovación industrial. Penguin Alianza.;NELSON, R. & WINTER, S. (1982) An Evolutionary Theory of Economic Change. Havard University Press, Cambridge, MA.; DOSI, G. (1984) Technical Change and Industrial Transformation - The Theory and an Application to the Semiconductor Industry. MacMillan, London. 1984
[24] CALLON, M. 1994, Is Science a Public Good?, Science, Technology & Human Values, v.19 n.4, pp.395-424.
[25] Jeffrey Sachs, economista, www.buenafuente.com , 14 de febrero del 2005.

PROPUESTA DE SELLO CAB A PROGRAMAS FORMACIÓN POSTGRADUADA.

   
PROPUESTA DE SELLO CAB A PROGRAMAS FORMACIÓN POSTGRADUADA. Documento para el debate   Por: Dr. Edgardo Romero Fernández[1].  IntroducciónLa propuesta de organizar un ambiente de formación avanzada para América Latina y el Caribe en el contexto de la sociedad de conocimiento y que responda al propósito común de integración para la educación en el espacio Convenio Andrés Bello (CAB), surge como resultado del trabajo realizado en la mesa de Doctorados y Cátedras de Integración en el Convenio Andrés Bello  y responde plenamente a los objetivos misionales del Convenio[2]. En este proceso de análisis y debate se logró determinar la necesidad de establecer criterios comunes para construir el denominado Espacio CAB de Integración – Pensamiento para la Integración, en el cual se enmarcará todo tipo de propuestas que centradas en el ámbito educativo, contribuyan a la generación de integración entre los países miembros del Convenio. Se espera que a partir de dicha integración sea posible no sólo poner en circulación los conocimientos producidos en los diferentes programas de formación avanzada de los países miembros -especialmente de doctorado- sino producir otros nuevos, pertinentes y de calidad, a partir de los cuales se logre consolidar paulatinamente una nueva región geopolítica en el plano de la formación transfronteriza, tendencia que se ha venido consolidando en los últimos tiempos en el contexto actual de globalización y que es una excelente plataforma de fortalecimiento de los países que constituyen dichas regiones. Adicional a lo anterior, también se espera que a través de tales acciones se reduzca la brecha existente entre América Latina y el Caribe en relación con los países desarrollados en materia de producción de conocimientos,  sobre la base del valor social de dichos programas como factor de desarrollo, que contribuya a la reducción de la pobreza y al mejoramiento de la calidad de vida en esta región, pero más que todo el conocimiento generado en este espacio debe servir para potenciar los valores auténticos de la región latino-caribeña y ponerla en consonancia con el desarrollo posible de la misma en el contexto actual, para ello es necesario pensar e investigar los procesos de nuestra América desde dentro y fomentar su capital humano y capital social, máxime en un momento en donde como plantea el profesor Uribe Roldán ocurren tres fenómenos en la región que deben ser tenidos en cuenta necesariamente para orientar los procesos de reforma educativa[3]. Nos referimos dicho en nuestra palabras al agotamiento del modelo neoliberal de desarrollo impuesto a nuestros pueblos; el ascenso de varios movimientos de izquierda la poder con otra visión del desarrollo y sobre todo de la cultura y la educación y por último el nuevo ímpetu que han asumido los procesos integracionistas latinoamericanos y caribeños a partir de su rechazo al ALCA y la necesidad marcada de replantearse la integración desde sus propias bases como vía para el desarrollo. En consonancia con estas  necesidades en el II Encuentro de Universidades se planteó la necesidad de organizar propuestas novedosas que incorporen la temática de integración en los programas de doctorado en educación ya existentes, pues si bien se reconoce la necesidad de crear un programa doctoral en integración[4], se determinó que en el corto plazo se debe trabajar con base en aquellos que se encuentran en funcionamiento, en la idea de atender de manera inmediata dicha problemática en los países miembros del CAB por las razones ya expuestas, además de la necesidad urgente de comenzar a resolver la escasa oferta de doctorados en la región a partir de la cual sea posible formar generación de relevo de nivel doctoral, sin descartar la posibilidad de que dichos programas se conviertan en doctorados en integración.   Además de lo anterior, en el mediano plazo se espera  contribuir a la organización de un ambiente de formación avanzada de esta región, que cubra no sólo el nivel doctoral, sino los demás de postgrado. Dicho ambiente y sus programas serán reconocidos con el SELLO CAB, que constituirá una acreditación suplementaría donde se reconozca la formación adquirida en el tema de integración. 

Por tratarse de un ambiente de formación avanzada, la investigación constituye uno de los ejes fundamentales de trabajo en el mismo. Es claro que para contribuir a la generación de conocimiento de diferente índole, la actividad de investigación es el principio a partir del cual se organizan otras actividades de formación, intervención y desarrollo. Así los programas propuestos deberán estar vinculados a proyectos de investigación sobre integración conocidos por el CAB.

 

Para constituir un ambiente de formación avanzada en el que sus participantes se ocupen de problemas de pertinencia e interés para su país y su región, es indispensable pensar en cuáles son los temas estratégicos, social, política, económica y culturalmente relevantes tanto para el país como para la región, a fin de constituir los ejes temáticos en los que se desea investigar. El camino está abordado, a través de las investigaciones particulares y conjuntas, bien como parte de la formación postgraduada, bien a través de las cátedras y foros CAB.

 

La investigación propia del ambiente estaría entonces constituida por el trabajo inscrito en uno de los ejes que se hayan sido determinados como estratégicos, relevantes y pertinentes para la región, trabajados con apoyo en los desarrollos de conocimiento propios de los grupos de investigación de los países constituyentes del convenio.

 

Esto hace pensar entonces en el tema de la integración, pues hay varias formas de asumirla.

Es éste quizás el punto más relevante en términos de principios para la organización del ambiente de formación avanzada con sello CAB, pues es necesario considerar y acordar una postura como región en torno a qué y cómo comprender la integración, especialmente si como en este caso, estaría operando a partir de un concepto de relaciones académicas internacionales entre países miembros del Convenio.Justamente desde esta perspectiva,  se traerán dos definiciones conceptuales en torno a qué se concibe por integración, complementarias entre sí, ambas inscritas dentro de la teoría funcionalista pero que con el debido cuidado pueden servir para reflexionar acerca de la perspectiva para nuestros propósitos.En concordancia con los planteamientos de León Lindberg[5], la integración es el conjunto de " los procesos por los cuales las naciones anteponen el deseo y la capacidad para conducir políticas exteriores e internas clave de forma independiente entre sí, buscando por el contrario tomar decisiones conjuntas o delegar su proceso de toma de decisiones a nuevos órganos centrales". Por su parte Jorge Mariño plantea que "se entiende por proceso de integración regional el proceso convergente, deliberado (voluntario) –fundado en la solidaridad-, gradual y progresivo, entre dos o más Estados, sobre un plan de acción común en aspectos económicos, sociales, culturales, políticos, etcétera"[6].Dentro de los procesos que llevan a constituir un proceso de integración (en este caso educativa), vale la pena preguntarse cómo hemos llegado a este punto. Se podría pensar que esta voluntad política se debe ante todo, al reconocimiento de la situación propia como región, en el contexto de la globalidad y frente a la brecha existente entre nosotros y países desarrollados, en términos políticos, sociales, económicos, científicos,  culturales y humanos. En tal sentido, el modo de lograrlo es mediante el la negociación y el consenso. Teniendo en cuenta los planteamientos anteriores relativos a la integración, es posible pensar en una integración educativa latinoamericana a través de este ambiente de formación avanzada,  caracterizada por una comunidad de intereses entre los países miembros del Convenio en materia educativa y de investigación para su desarrollo,  desde posturas de igualdad y respeto entre todos los países involucrados.  

Los objetivos del SELLO CAB serían los siguientes:

1.      Potenciar los estudios sobre integración, fundamentalmente aquellos relacionados con la misión del CAB (desarrollo de la educación, la cultura, la ciencia y temas afines, en el ámbito latinoamericano y caribeño) a través de las investigaciones de pensamiento ( para el fomento de una cultura de lo nuestroamericano); los estudios de formulación, análisis y evaluación de políticas públicas en las áreas de impacto del CAB, y los estudios propiamente pedagógicos y culturológicos que tengan una marcada intención integracionista.

2.      Otorgar un respaldo a los títulos emitidos por los programas de SELLO CAB ante las autoridades del espacio CAB. Dicho respaldo será un reconocimiento al valor social del conocimiento que aportan dichos programas.

3.      Fomentar una Red de programas de postgraduación y proyectos de investigación que abordan el tema de la integración latinoamericana y caribeña fundamentalmente en los ámbitos de la educación, la ciencia y la cultura, contribuyendo de la manera en que sea posible a la movilidad académica de estudiantes y profesores-investigadores.

4.      Difundir de manera sistemática el nuevo conocimiento obtenido a través del trabajo del la Red antes mencionada.

 

En correspondencia con estos objetivos los requisitos para el otorgamiento del SELLO CAB a programas de postgraduación serían los siguientes:

 

·            Que estén en funcionamiento.

·            Que estén reconocidos en sus países de origen. (Autorizados por los mecanismos de Postgrado existentes en cada país. Aquí se podría solicitar al menos un hago constar del secretario de la universidad en cuestión)

·            Que postule la investigación sobre integración como línea científica fundamental del programa o una de las fundamentales.

·            Que estén centrados en procesos de integración de pensamiento, políticas y actividades académicas e investigativas de sus integrantes, alrededor de los grandes temas que forman parte de sus realidades y que inciden en la calidad de vida de sus ciudadanos y ciudadanas y por ende en su desarrollo, en los niveles individual y colectivo. Se esperaría que a través de este eje, se logre educar en principios y valores comunes, de tal manera que se tenga como horizonte de sentido la unidad latinoamericana y caribeña.

·            Que se asuman como valores comunes de los programas para su educación e investigación: la justicia social, la dignidad nacional y personal, la soberanía, la interculturalidad, la solidaridad, el orgullo por lo nuestroamericano, la participación democrática y el respeto por las diferencias.

·            Un programa, en el que los participantes, docentes, investigadores y estudiantes, logren el desarrollo de una cultura que les permita reconocer sus individualidades y las potencialidades de construcción común en bien de los ciudadanos y de la región.

·            Que se observe una alta calidad, caracterizada no sólo por las posturas científicas (en sus diferentes expresiones) e innovativas, sino por la originalidad, relevancia, pertinencia y actualización de su producción de conocimiento, así como por su contribución a la consolidación de una visión científica del mundo.

·            Que se comprometa a socializar su producción científica.

·            Que socialice sus programas y los currículos de sus profesores a través del Portal del CAB.

·             Que socialice los resultados de las evaluaciones internas y externas que reciba.

·            Que no se oponga a la convalidación de cursos y asignaturas similares con otros programas SELLO CAB.

·            Que esté abierto a recibir alumnos y profesores de otros programas para lo cual debe socializar sus calendarios de ejecución.

 Bibliografía 1.                 Convenio Andrés Bello. Nuevo conocimiento para la integración 3 / Bogotá: Convenio Andrés Bello, 2007, 180 p.2.                 Lindberg, L. www.monografías.com – Consultada 28 de julio de 20073.                 Mariño, L. 1999. La Supranacionalidad en los Procesos de Integración Regional. Mave Editor. En: www.monografías.com – Consultada 28 de julio de 2007


[1] Presidente de la Cátedra Andrés Bello sobre valores y pensamiento de la integración de la Universidad Central Marta Abreu de las Villas, Cuba. Coordinador de la Maestría en pensamiento integracionista latinoamericano y representante del Comité Académico del programa doctoral en pensamiento latinoamericano de la citada universidad.
[2] Ver: José M. Leyton.  “La Educación Superior y los procesos de integración. Una mirada desde las acciones del CAB.” En: Nuevo conocimiento para la integración 3 / Bogotá: Convenio Andrés Bello, 2007. (Serie: La universidad y los procesos de integración social). Pp. 22-29
[3] Ver: Jorge Uribe Roldán.  “UN paso más hacia la colaboración académica y la integración regional de América Latina y el Caribe en el contexto de la nueva sociedad del conocimiento.” En: Nuevo conocimiento para la integración 3 / Bogotá: Convenio Andrés Bello, 2007. (Serie: La universidad y los procesos de integración social). p. 32 
[4] Formación hacia la integración, a través de la integración
[5] Lindberg, L. www.monografías.com – Consultada 28 de julio de 2007
[6] Mariño, L. 1999. La Supranacionalidad en los Procesos de Integración Regional. Mave Editor. En: www.monografías.com – Consultada 28 de julio de 2007

El mito del desarrollo capitalista nacional en la nueva coyuntura política de América Latina

Atilio A. Boron

Argenpress

Una ruta clausurada

Hace casi medio siglo, cuando en las ciencias sociales de la época prevalecían sin contrapeso las teorías de la modernización y la de las “etapas del desarrollo económico”, popularizadas por Walter W. Rostow en su famoso libro, veía la luz un texto de Karl de Schweinitz en el que planteaba una tesis radical, totalmente a contracorriente del consenso dominante de su tiempo. Sintéticamente, ella decía que en lo concerniente al establecimiento de una democracia liberal el camino recorrido por Estados Unidos y los países más avanzados de Europa ya no podía ser transitado nuevamente por las naciones subdesarrolladas. Si bien su pronóstico sobre la industrialización era un poco menos pesimista, entre líneas el mensaje era claro: el mundo de la periferia muy difícilmente podría emular la trayectoria industrial de las potencias metropolitanas. Refiriéndose especialmente al caso de la democracia su diagnóstico era aún más terminante: “el desarrollo de la democracia en el siglo diecinueve fue el resultado de una inusual configuración de circunstancias históricas que no pueden repetirse. La ruta “euro-norteamericana” hacia la democracia está clausurada.” (de Schweinitz, pp. 10-11)

Críticas al pensamiento convencional

Por supuesto, el libro de de Schweinitz -riguroso, documentado, persuasivo- fue olímpicamente ignorado por la academia, los intelectuales “bienpensantes” y los medios de comunicación de masas. El gran público ni se enteró, y en el mundo de la periferia las pesimistas ideas de nuestro autor -que contradecían abiertamente las rosadas expectativas cultivadas por la Alianza para el Progreso y, más generalmente, la autoimpuesta misión de la Casa Blanca de “exportar la democracia” a todo el mundo- fueron totalmente desconocidas. Estamos hablando de 1964; eran las épocas en que la alternativa a la teoría de la modernización y las etapas del desarrollo económico eran una vertiente crítica de la CEPAL, encabezada por Raúl Prebisch, o bien la elaboración de los teóricos de la dependencia que comenzaba a resonar con creciente fuerza en América Latina, estimulados por la radicalidad de los pioneros planteamientos que André Gunder Frank expusiera en su clásico libro sobre el “desarrollo del subdesarrollo” en Brasil y Chile.(Frank, 1964) Fuera del mundo académico y anticipándose a él la Segunda Declaración de La Habana y el célebre discurso del Che en Punta del Este habían planteado con total claridad los límites infranqueables del desarrollo capitalista en la periferia.(1) Pero el impacto de estas ideas en el debate de las ciencias sociales no sería inmediato. Su origen “extramuros” de la academia arrojaba sobre ellas un manto de sospecha que para la ortodoxia positivista dominante las descalificaba por completo. Sin embargo, con el paso del tiempo tanto la Segunda Declaración como el discurso del Che habrían de convertirse en referencias insoslayables del nuevo pensamiento crítico latinoamericano. El libro de Rostow, cuyo título completo era Las etapas del crecimiento económico y cuyo subtítulo, privado de toda sutileza era Un manifiesto no comunista había sido publicado en inglés en 1960 y al año siguiente se traducía al español por el Fondo de Cultura Económica. Este libro ejerció una influencia arrolladora sobre las ciencias sociales latinoamericanas de aquellos años y, ni hablar, sobre los gobiernos y expertos en el área económica. (2) La idea básica del argumento rostowiano era que había un solo proceso de desarrollo y que éste era lineal, acumulativo e igual para todos los países. La palabra “capitalismo” había sido cuidadosamente desterrada del texto, con el obvio propósito de reforzar la naturalización de este modo de producción: al describir sus leyes de desarrollo el supuesto era que cualquier economía, sin excepción, debía enfrentarse a una serie de imperativos técnicos, no políticos. La consecuencia de todo esto era que había un solo modo de enfrentar los problemas económicos, y que este modo estaba dictado por cuestiones técnicas que no admitían transgresión alguna. El proceso de desarrollo capitalista -con sus luchas, despojos y saqueos, que lo hacen llegar al mundo “chorreando sangre y barro por todos sus poros”, como dijera Marx en El Capital- es así sublimado y descontextualizado hasta llegar a convertirse en un despliegue ahistórico, formal y lineal de potencialidades presentes en cada una de las formaciones sociales del planeta. Por eso, para esta tradición de pensamiento los países hoy desarrollados fueron, en un tiempo no demasiado remoto, naciones pobres y subdesarrolladas. Este razonamiento se asentaba sobre dos falsos supuestos: primero, que las sociedades localizadas en ambos extremos del continuo compartían la misma naturaleza y eran, en lo esencial, lo mismo. Sus diferencias, cuando existían, eran de grado, como casi medio siglo después repetirían sin brillo y sin gracia Hardt y Negri, lo cual era -y es- a todas luces falso.
Segundo supuesto: la organización de los mercados internacionales carecía de asimetrías estructurales que pudieran afectar las chances de desarrollo de las naciones de la periferia. Para autores como los arriba mencionados, términos tales como “dependencia” o “imperialismo” no servían para describir las realidades del sistema y eran antes que nada un tributo a enfoques políticos, y por lo tanto no científicos, con los cuales se pretendía comprender los problemas del desarrollo económico. (3) En consecuencia, los llamados “obstáculos” al desarrollo no tenían fundamentos estructurales o restricciones ancladas en la economía mundial, sino que eran el producto de torpes decisiones políticas, elecciones desafortunadas de los gobernantes o de factores inerciales fácilmente removibles. Las implicaciones conservadoras de este razonamiento, que descartaba apriorísticamente cualquier otra forma de organización económica alternativa al capitalismo y que ignora olímpicamente la realidad del imperialismo y la dependencia, son tan evidentes que no requieren de ninguna demostración más allá de su sola enunciación. Como se ve, el “pensamiento único” no es tan novedoso como se supone. Y su impacto sobre el pensamiento supuestamente contestatario fue tan deletéreo ayer como hoy. (4)

Derrumbe y resurrección de la ortodoxia
En la década de los sesentas el influjo ideológico de los paradigmas dominantes en las ciencias sociales se desvanece considerablemente: la consolidación de la revolución cubana y su definición socialista luego de Playa Girón; al ascenso del movimiento popular en toda América Latina; el auge de la lucha de clases en Europa, que culminaría con los grandes conmociones de 1968; los impetuosos movimientos en favor de los derechos civiles en los Estados Unidos y la reafirmación de los movimientos de liberación nacional en el Tercer Mundo, a todo lo cual se agregaría, poco después, el demoledor impacto de la Guerra de Vietnam que termina de hacer saltar por los aires el laborioso andamiaje construido por las ciencias sociales norteamericanas desde finales de la segunda guerra mundial. El colapso teórico de la teorización rostowiana tiene su correlato en el derrumbe de la sociología parsoniana, la crisis de las teorías de la modernización y la bancarrota del conductismo en la ciencia política. En América Latina esta crisis teórica se acentúa por la presencia de la Revolución Cubana y el progresivo deterioro de la situación económica, social y política de los países de mayor desarrollo capitalista una vez agotado el ciclo de la industrialización sustitutiva, lo que promovió el breve auge de las diversas corrientes de la teoría de la dependencia. En sus distintas variantes, que van desde la ya mencionada obra de André Gunder Frank, Ruy Mauro Marini y Theotonio dos Santos hasta Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto, pasando por Aníbal Quijano, Agustín Cueva y tantos otros, la teorización de la dependencia tenía como rasgos unificadores la crucial relevancia asignada al carácter histórico del desarrollo capitalista, el papel de sus diversos agentes, la inserción de los países en un mercado mundial signado por profundas asimetrías y la centralidad de la problemática política y estatal. A mediados de los setentas la crisis política generalizada en la región, emblematizada por la violenta liquidación de la “vía chilena al socialismo” liderada por Salvador Allende y la Unidad Popular, del experimento radical democrático de Juan José Torres y la Asamblea Popular en Bolivia, el termidor sufrido por la revolución peruana con el desplazamiento de Velasco Alvarado, y el sangriento desenlace del retorno del peronismo en la Argentina precipitó un nuevo cambio en el paradigma dominante. En este caso se trató mucho menos de una derrota en el plano de las ideas que de las consecuencias del período más ferozmente represivo conocido por la América Latina contemporánea, lo que implicó que muchos de los teóricos de la dependencia y sus seguidores conocieran el exilio, la cárcel y, en no pocos casos, la muerte.

No es el propósito de este trabajo examinar los alcances y límites de las contribuciones de los dependentistas, bien conocidas en nuestra región. Nos basta simplemente con resaltar la coincidencia entre sus pronósticos pesimistas acerca del desarrollo del capitalismo en la periferia, formulados desde una perspectiva de izquierda, y los que brotan de la pluma de de Schweinitz, una nota desafinada en el monocorde ambiente de la academia norteamericana. (5)

La “centro-izquierda” latinoamericana y su apuesta al desarrollo del capitalismo
Si hemos sometido a la consideración del lector estas tesis pesimistas acerca de la imposibilidad del desarrollo en la periferia -¡que no quiere decir imposibilidad de registrar, por momentos, altas tasas de crecimiento económico!- es porque el devenir de la historia ha demostrado, transcurrido casi medio siglo, que los diagnósticos que se oponían al ingenuo más no desinteresado optimismo de Rostow y sus colegas estaban en lo cierto. Actualizar esta certeza es bien oportuno en nuestros días, cuando proliferan una serie de gobiernos de “centro-izquierda” que, en América Latina, proclaman con ciego entusiasmo su confianza en culminar exitosamente su marcha hacia el desarrollo -o entrar al Primer Mundo, como se decía en los noventas- transitando por una ruta que fue clausurada hace mucho tiempo. (6)

En este sentido, los gobiernos de la llamada “centro-izquierda” se han llevado todas las palmas. Su fidelidad a las orientaciones generales del Consenso de Washington, fidelidad que no desmentida por una cierta retórica “progresista” -estentórea, a veces, como en el caso argentino; aflautada, en otros, como en los casos de Brasil, Chile y Uruguay- les hace creer que si persisten en las políticas ortodoxas recomendadas por el FMI, el Banco Mundial y la OMC algún día, más pronto que tarde, llegarán a ser países como los europeos o los Estados Unidos. Desde su tumba el bueno de de Schweinitz seguramente debe estar sonriendo burlonamente ante tamaño disparate. Y, si pudiera regresar al reino de los vivos, seguramente que les preguntaría a los voceros de esos gobiernos acerca de las razones por las cuales hace casi un siglo que países como la Argentina, Brasil y México siguen siendo los depositarios de un luminoso futuro capitalista que nunca se concreta y que, al contrario, los aleja cada día más de los capitalismos desarrollados, perpetuando su condición de eternos “países del futuro.” Antes de la Gran Depresión de 1929 el pensamiento convencional de las ciencias sociales auguraba para la Argentina un futuro esplendoroso. Y lo mismo ocurriría con Brasil luego de la Segunda Guerra Mundial, en donde su alianza con los Estados Unidos y el envío de sus tropas a colaborar en la empresa bélica en los campos europeos supuestamente le abriría de par en par las puertas de la colaboración norteamericana lo que garantizaría una ruta segura a los niveles de desarrollo existentes en el Primer Mundo. La construcción, con la ayuda de un crédito del Eximbank avalado por los Estados Unidos, de la planta siderúrgica de Volta Redonda, a comienzos de los cincuenta fue vista por muchos como una clara señal de que el proceso estaba en marcha y era irreversible. Medio siglo después, Argentina y Brasil siguen estando “condenados al éxito”, como lo asegura con su inclaudicable optimismo uno de los principales científicos sociales de Brasil, Helio Jaguaribe, pero su realidad económica y social demuestra que lejos de acortar su distancia con los países desarrollados ocurrió exactamente lo contrario y ahora están más lejos que antes. Lo mismo puede decirse del caso mexicano, sin la menor duda: si algo hizo el TLC inaugurado el 1º de Enero de 1994 fue ensanchar el hiato que separaba a la economía mexicana de las de Estados Unidos y Canadá.

Pese a esta abrumadora evidencia el mito del desarrollo capitalista nacional y su premisa, la existencia de una burguesía nacional, siguen ejerciendo un enfermizo atractivo en la dirigencia “progresista” latinoamericana, a punto tal que en fechas recientes esta patología concitó la atención de un distinguido estudioso marxista, Vivek Chibber, quien sobre la base de una evidencia comparativa internacional demolió inmisericordemente tales tesis. (Chibber, 2005) Este ascendiente revela los alcances de la victoria ideológica del neoliberalismo en la “batalla de ideas”: si en la segunda mitad de la década de los sesentas había tomado cuerpo una teorización y una propuesta política en torno a una “vía no capitalista de desarrollo” que se manifestó de diversas maneras en los distintos países - con Salvador Allende y Radomiro Tomic en las elecciones presidenciales chilenas de 1970; en el régimen de Velasco Alvarado en el Perú de finales de los sesentas; en la tentativa de Juan José Torres en la Bolivia de la Asamblea Popular de 1971, siendo los casos más importantes- a partir de la contra-ofensiva capitalista lanzada desde mediados de los setentas esa alternativa fue barrida con un baño de sangre. El resultado es que hoy gran parte de la “centro-izquierda”, producto de aquella derrota en el crucial terreno de las ideas, renueva su creencia en el desarrollo capitalista nacional impulsado por una figura espectral: la “burguesía nacional”.

La persistencia de un mito
Veamos algunos ejemplos extraídos de la presente coyuntura. En la Argentina, por ejemplo, el presidente Néstor Kirchner reafirma su decisión de construir un “capitalismo serio”, alentando la constitución de una “burguesía nacional” capaz de conducir la maltratada economía argentina hacia el puerto seguro del desarrollo. Esa fue una de sus primeras definiciones programáticas en el discurso inaugural de su mandato, el 25 de Mayo de 2003, cuando ante la Asamblea Legislativa decía que “(e)n nuestro proyecto ubicamos en un lugar central la idea de reconstruir un capitalismo nacional que genere las alternativas que permitan reinstalar la movilidad social ascendente.”

Esta obstinación habría de acentuarse con el paso de los años, lo que quedó en evidencia en su viaje a la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, en el mes de Septiembre de 2006, ocasión en la cual tanto Kirchner como la Senadora Cristina Fernández de Kirchner, su eventual sucesora en la Casa Rosada, dieran muestras de su incondicional adhesión al capitalismo y al mito del desarrollo capitalista nacional. En esa ocasión el presidente aceptó una invitación de la Bolsa de Valores de Nueva York (NYSE) para visitar su sede y disfrutar del dudoso privilegio de tocar la campana que indica el cierre de las operaciones del día. En dicha oportunidad Kirchner dijo, evidenciando un sincero arrepentimiento, que “agradezco el gesto del mercado de invitarnos aquí. La Argentina está volviendo al lugar del que nunca debió haber salido”. (Rodríguez Yebra, 2006). Lo curioso del caso, es que de hecho la Argentina jamás se había marchado de ese lugar. Por el contrario, siempre estuvo allí, por lo menos desde mediados de la década de los cincuentas como uno de los países más endeudados del planeta y jugosa presa de todo tipo de operaciones especulativas y de pillaje realizadas desde ese sagrado recinto: desde el doloso “megacanje” de la deuda externa de la época de De la Rúa/Cavallo, hasta las fraudulentas privatizaciones y la apertura indiscriminada de ordenadas por Menem/Cavallo pasando por innumerables tropelías y latrocinios de ese tipo. ¿Ignoraba Kirchner al pronunciar sus palabras que cerca del 95 por ciento de las operaciones que tienen lugar en el sistema financiero internacional -del cual Wall Street es su corazón- son de carácter especulativo, razón por la cual una investigadora como Susan Strange, nada sospechosa de propensiones izquierdistas, bautizó a dicho sistema como un “capitalismo de casino”, parasitario e irresponsable, depredador de mercados y naciones, cuya febril búsqueda de lucro no se detiene ante nada o ante nadie sembrando a su paso crisis, destrucción y muertes? Similares declaraciones expresó bajo el amparo de un organismo como el Council of the Americas, uno de los principales sostenes ideológicos del imperio- despejando cualquier duda que pudiera subsistir sobre la naturaleza de su gobierno: una variedad del “centro-izquierda”, por momentos vociferante pero siempre inquebrantablemente identificada con la perpetuación del capitalismo en la Argentina y, pese a gestos y retóricas estridentes, cada vez más dócil ante los dictados de la Casa Blanca.

Hay que agregar que ya, con anterioridad a esta fecha y en numerosas ocasiones, Kirchner se había referido reiteradamente a la necesidad de implantar en la Argentina un capitalismo “serio”, “nacional” e “inteligente”, adjetivos éstos que supuestamente obrarían el milagro de convertir a un régimen basado en la explotación del trabajo asalariado en una fraternal comunidad de iguales. Uno de los problemas con que se enfrenta el presidente es que en la Argentina el capitalismo nada serio sino, por el contrario, “sonriente”, “irresponsable”, “de los compinches” (croony capitalism), “trasnacionalizado” y torpe, en vez de inteligente, produjo espléndidos resultados para los capitalistas, con tasas exorbitantes de ganancias y con la consolidación de extraordinarios privilegios que ningún burgués “serio” pensaría que es razonable abandonar por más que lo solicitara el primer mandatario. ¿Cómo convencer a quien se encuentra instalado en el diez por ciento más rico de la Argentina -y cuyos ingresos en 2003 eran 56 veces superiores a los del diez por ciento más pobre- que es urgente y necesario pasar a un capitalismo “serio”, que evite tan flagrante e intolerante injusticia? Lo más probable es que el capitalista en cuestión considere “poco seria” la preocupación presidencial por la “seriedad” de un capitalismo que produce tan magníficos resultados, recompensando a los empresarios y a los inversores con tan fenomenales ganancias.

Esta explícita voluntad de situar los parámetros fundamentales de la sociedad capitalista fuera de cualquier posible impugnación, no así sus manifestaciones más aberrantes, fueron ratificados en ese mismo viaje en una conferencia dictada en la Universidad de Columbia por la senadora Cristina Fernández de Kirchner. En esa ocasión la esposa del presidente -sin duda, una de sus más autorizadas voceras- declaró que las políticas del gobierno de Kirchner se sitúan del lado del capitalismo. '¿Qué es el capitalismo?', se preguntó. Su respuesta: lo que hizo caer al muro del Berlín no fue “el poderío de Estados Unidos sino que el capitalismo es una mejor idea que el comunismo, y si el capitalismo se distingue frente a otras doctrinas es por la idea del consumo'. Sus críticas al FMI se apoyan en la inconsistencia de sus prédicas con el supuesto núcleo del capitalismo, sus “mejores ideas”, dado que “con sus políticas de ajuste lo primero que hace es restringir el consumo” y, en consecuencia, debilitar el impulso capitalista. (Baron, 2006)

¿Un capitalismo nacional sin “burguesía nacional”?
Volviendo al discurso inaugural de Kirchner, ¿Qué grado de realismo tiene hoy, en un mundo de mercados transnacionalizados y de impetuosa mundialización de los procesos productivos, comerciales y financieros, apostar a un desarrollo capitalista nacional? Pregunta indispensable sobre todo en una formación social como la argentina, en la cual el grado de extranjerización de la economía ha avanzado a ritmo desenfrenado y es uno de los mayores de toda la región. Respuesta: ningún grado de realismo. Es pura fantasía. Raúl Zibechi, en un texto sumamente interesante que desnuda el anacronismo de esta opción, cita una categórica afirmación de Samir Amin diciendo que “ya no hay más una burguesía nacional”. Afirmación un tanto excesiva pero que contiene importantes elementos de verdad. (Zibechi, p. 1). Excesiva, decimos, porque algunos países de las metrópolis capitalistas todavía se caracterizan por la presencia de ciertos conglomerados empresariales equivalentes a una “burguesía nacional” si bien diferentes al modelo clásico de esta clase tal cual aparecía en la segunda mitad del siglo diecinueve y comienzos del veinte. Tal es el caso de Estados Unidos, Japón, Corea y los principales países europeos, cuyas grandes empresas si bien operan a escala planetaria y tienen un horizonte de acumulación que trasciende con creces las fronteras nacionales tienen sus casas matrices en esos países, se protegen con sus jueces y sus leyes, cuentan con sus gobiernos para acudir en defensa de sus intereses cuando son amenazados y es hacia allí donde canalizan las ganancias que obtienen en los mercados mundiales. Y con relación a la Argentina agrega que “el último intento de burguesía nacional que hubo en la Argentina fue Perón. No creo que haya actualmente una burguesía nacional en Argentina. Existe una burguesía compradora que imagina su enriquecimiento, como proyecto, en el marco del capitalismo global tal como es, sin ambición alguna de modificar los términos de este capitalismo.” Amin no duda que puedan existir “proyectos de burguesía nacional en los países ex socialistas. Principalmente: Rusia y China … pero no hay un proyecto de burguesía nacional en ningún otro país, sean los países más industrializados como Argentina, Brasil, Egipto e India o países menos industrializados, como los de Africa subsahariana. ¡Ya no hay más burguesía nacional!” Sin entrar en polémicas, insistimos: lo que dice Amin es indiscutible para la periferia, pero mucho más debatible cuando concentramos nuestra atención en el capitalismo mundializado, (Roffinelli y Kohan, 2003) (7)

Podría argüirse que, a diferencia de la Argentina, en el caso de Brasil, esta expectativa sobre las potencialidades desarrollistas de la “burguesía nacional” tiene un cierto fundamento. Después de todo Brasil fue, junto a México, uno de los dos únicos países de América Latina que contó con una pujante “burguesía nacional”. En la Argentina una formación relativamente similar existió entre 1870 y 1930: se trataba de una clase de grandes propietarios agrarios aburguesados íntimamente asociados a una “burguesía compradora” fuertemente anglófila y estrechamente ligada a economía británica. Pero cuando este proyecto se agotó, con el derrumbe capitalista de 1929, la “burguesía nacional” que tenía que dar un paso al frente para establecer su hegemonía brilló por su ausencia. Y si bien el peronismo trató de insuflarle los bríos necesarios para cumplir con su supuesta “misión histórica” esa clase -en realidad, un agrupamiento heteróclito de empresarios sin ninguna visión de conjunto ni proyecto nacional- se reveló como extraordinariamente débil y para nada dispuesta a luchar contra el imperialismo y sus poderosos aliados locales. Capituló con ignonimia a los pocos años, en 1955, a manos de una alianza oligárquico-clerical que supo movilizar el resentimiento de los vastos sectores medios que se sentían amenazados por las políticas de promoción social impulsadas por el peronismo y que habían dotado a los sectores populares de una gravitación económica y social sin precedentes. Dicha alianza, hay que decirlo, contó con el discreto apoyo del imperialismo norteamericano, que en 1945 se había opuesto frontalmente a Perón. Pero ahora le temía menos a las políticas económicas del peronismo, que a esas alturas ya estaban “alineadas” con las directivas imperiales, que a los eventuales desbordes populares que podrían producirse ante la descomposición del régimen y que, se decía en los pasillos oficiales de Washington, corrían el riesgo de tener un desenlace revolucionario. (8)

En el caso del Brasil, la persistencia de este mito (unido a la necesidad de edulcorar su imagen de sindicalista combativo) impulsó al candidato del PT para las elecciones del 2002, Luiz Inacio “Lula” da Silva a forjar una alianza tan desmovilizadora como anacrónica con un representante de la “burguesía nacional” brasileña, un sector supuestamente identificado con el desarrollo económico y el fortalecimiento del mercado interno, la expansión del empleo y, por esta vía, una cierta redistribución del ingreso. Sin embargo, la presencia del empresario José Alencar no traspasó los límites de lo meramente ornamental: fue durante la primera presidencia de Lula cuando el capital financiero obtuvo las más fabulosas tasas de rentabilidad de toda la historia del Brasil, con el previsible impacto devastador sobre los restos de una “burguesía nacional” absolutamente impotente para torcer el rumbo de la política económica ultraneoliberal que, con al aval de Lula, la estaba destrozando. En ese sentido, los reiterados lamentos del vicepresidente por los efectos de las políticas del superministro fueron penosos testimonios de la incapacidad política de una clase que, a pesar de los nostálgicos, ya hacía tiempo que había perdido los atributos que, en el pasado, le posibilitaron ejercer un papel más decoroso en el escenario nacional.

Claro está que los casos de Brasil y México tampoco son idénticos. Tal como lo argumentara hace ya muchos años Agustín Cueva, México fue sede de la única revolución burguesa triunfante en América Latina. Otras tentativas, según Cueva, como Guatemala en 1944 o Bolivia, en 1952, fracasaron en ese intento. La primera ahogada en sangre por la invasión de Castillo Armas, orquestada por la CIA, y la segunda producto de la ferocidad de la reacción termidoriana que puso fin a la insurgencia popular de los mineros y campesinos bolivianos. El caso de México obliga a introducir una distinción que reiteradamente propusiera Lenin para comprender la peculiaridad de las revoluciones burguesas en los capitalismos periféricos: una cosa son las fuerzas motrices de la revolución y otra bien distinta las fuerzas dirigentes de la misma. En México las fuerzas motrices de la Revolución Mexicana fueron el campesinado y, en menor medida, los sectores populares urbanos; pero las fuerzas dirigentes fueron la pequeña burguesía y un incipiente sector burgués que montado sobre la oleada revolucionaria proveniente “desde abajo” liquidó el viejo orden y sentó las bases para un vigoroso desarrollo económico una de cuyas consecuencias sería la creación de la más pujante “burguesía nacional” de América Latina. En el caso de Brasil, Florestán Fernándes ha señalado que la revolución burguesa asumió más bien las características que Gramsci sintetizara en su concepto de “revolución pasiva”, es decir, una tentativa de fundar un orden burgués pero sin un proceso revolucionario que movilizara a las clases y capas subalternas para destruir los cimientos del viejo orden. Revolución burguesa tardía porque comenzó simultáneamente con la rápida transnacionalización del capitalismo de posguerra que produciría el agotamiento del proyecto de desarrollo capitalista nacional; y débil, además, porque la representación de los intereses “nacionales” de los sectores burgueses -acosados por la dinámica imperialista tanto como por una impetuosa movilización popular- tuvo que descansar en manos de las fuerzas armadas. Esto dio lugar a una suerte de “cesarismo regresivo”, para utilizar una vez más una categoría de análisis gramsciano, en donde la “burguesía nacional” brasileña para reafirmar su predominio tuvo que subordinarse a -y no sólo hacerse representar por- las fuerzas armadas durante veinte años, con la irremediable distorsión de su lógica de acumulación. La caída del régimen militar puso en evidencia los límites de esta estrategia. (9)

Lecciones de la historia económica
Las enseñanzas que pueden extraerse de estos ejemplos, sucintamente presentados, son inequívocas. A comienzos del siglo veintiuno tanto Brasil como México -y en mucho mayor medida la Argentina- atestiguan por una parte la acelerada descomposición de la “burguesía nacional”; por la otra, que por más que haya habido prolongados períodos de crecimiento económico éstos no fueron suficientes para hacer que aquellos países superasen las fronteras del subdesarrollo.

En México la etapa del “desarrollo nacional-burgués” culminó en 1976. Se abrió en ese momento un interregno que se prolongó hasta Agosto de 1982 cuando el catastrófico default mexicano precipitó la crisis de la deuda en todo el mundo. Comenzó entonces un período signado por la progresiva imposición de las políticas neoliberales y, a partir de 1988, en el sexenio de Salinas de Gortari, por la capitulación incondicional del PRI y la burguesía mexicana ante el capital norteamericano y el desmantelamiento de casi todas las conquistas de la Revolución Mexicana, línea ésta que habría de continuarse y profundizarse en los gobiernos del PAN que le sucedieron. El triunfo de este partido en las elecciones presidenciales del 2000, y el del candidato de la derecha radical Felipe Calderón en los fraudulentos comicios del 2006 no hicieron sino ratificar en el plano de las estructuras políticas y estatales la creciente subordinación de facto de México a los dictados de Washington y el sometimiento de la herida de muerte “burguesía nacional” a manos del capital extranjero. La privatización de las empresas públicas y la absorción de las privadas nacionales -amén de la competencia desigual facilitada por la firma del TLC- hizo que grandes conglomerados transnacionales fundamentalmente estadounidenses tomaran bajo su control casi todos los sectores estratégicos de la economía mexicana, socavando el basamento material de lo que en sus épocas de gloria fuera la “burguesía nacional” más poderosa de América Latina.

Un proceso semejante se ha vivido en el Brasil, donde la transnacionalización de su atractivo mercado interno -potencialmente enorme- ha ido desplazando a los viejos sectores burgueses nacionales hacia las áreas menos rentables de la economía. Las grandes empresas públicas fueron o bien privatizadas o desmanteladas, para su venta por partes, y las políticas de atracción del capital extranjero a cualquier costo, facilitadas por la estructura federal del estado brasileño, impulsó una suicida race to the bottom de los gobiernos estaduales que ofrecían una escalada sin límites de exenciones tributarias y fiscales a las empresas extranjeras para atraerlas a que se radiquen en su territorio, arrojando por la borda no sólo eventuales ingresos fiscales sino también controles medioambientales y laborales de diverso tipo. La Argentina, por su parte, ostenta el dudoso honor de ser el país con mayor grado de extranjerización de su economía, donde todo fue malvendido y enajenado durante el fatídico decenio del capitalismo salvaje presidido por Carlos S. Menem. Venezuela, Bolivia, Colombia, además de Brasil y México, se las ingeniaron para preservar el control estatal de la riqueza petrolera; en Argentina, en cambio, YPF fue privatizada. Y si México pudo hasta hoy conservar el control público sobre la Comisión Federal de Electricidad, en la Argentina su homóloga fue seccionada en dos partes y privatizada a precio vil. Lo mismo ocurrió con el gas, los teléfonos, la aeronavegación, el agua y un sinfín de empresas públicas que habían sido fundadas con los ahorros de los argentinos y que, en medio de un festival sin precedentes de corruptelas de todo tipo, fueron transferidas a manos extranjeras. En algunos casos, a empresas estatales extranjeras, como lo era Repsol cuando se adueñó de YPF. O, en otros, facilitando que la segunda empresa petrolera argentina, de capitales privados, fuese adquirida por una empresa pública como Petrobrás, lo cual contradecía flagrantemente el discurso neoliberal acerca de la “ineficiencia” propia de las empresas públicas.. De ahí que la extranjerización de la economía argentina sea hoy un dato grotesco para un país cuyas empresas del estado fueron, en su mejor momento, puntales del desarrollo nacional cumpliendo importantísimas funciones económicas y sociales que la pusilánime “burguesía nacional” nunca se preocupó por asumir y que el gobierno actual no tiene intenciones de recuperar.

Para resumir: la sucinta enumeración anterior ilustra con elocuencia el proceso de descomposición e irreversible debilitamiento de las “burguesías nacionales”, fenómeno que como asegura Chibber se reproduce por doquier en la periferia del sistema.. En las tres economías más grandes de América Latina se verifica el mismo proceso de debilitamiento/descomposición y nada autoriza a pensar que en las demás la tendencia histórica se mueva en una dirección contraria. Los avances de los diversos TLCs (bilaterales: con Chile, Colombia, Perú; o multilaterales, como los de las economías centroamericanas y República Dominicana) si algo van a hacer es practicar con fruición la eutanasia del empresariado nacional, y concentrar los negocios en manos de los grandes conglomerados norteamericanos que impulsan los proyectos que ejecuta la Casa Blanca.

Pero hay además otra cuestión que debe ser considerada: en los casos de Brasil y México, los dos países con las más poderosas “burguesías nacionales”, el proceso de acumulación que éstas supieron impulsar de ninguna manera logró que aquellos accedieran al rango de capitalismos desarrollados. (10) México conoció un período de extraordinario crecimiento económico entre 1940 y 1976, “el desarrollo estabilizador”, un desempeño económico extraordinario sostenido por un inusualmente prolongado período de tiempo. Y sin embargo, después de tanto esfuerzo lo que se encontró al final del camino no fue el límpido cielo del desarrollo sino la tremenda crisis de 1982 y, luego, la recomposición regresiva y reaccionaria del capitalismo mexicano bajo la égida del capital financiero, las empresas transnacionales y la presión de la Casa Blanca. Por lo tanto, lo que esto demuestra es que pese a las elevadas tasas de crecimiento sostenidas durante treinta y seis años el capitalismo periférico fue incapaz de dar el salto que le permitiera superar la barrera que separa subdesarrollo de desarrollo. Resultado similar se obtuvo luego de mal llamado “milagro económico” de los militares brasileños, que por algunos años registró tasas elevadas de crecimiento económico. Y otro tanto ocurrió en la Argentina, a comienzos de los noventas y, de modo aún más rotundo en los últimos cuatro años, cuando el país luego de la gran crisis del período 1998-2002 -y que tuvo su climax en las grandes movilizaciones populares de Diciembre de 2001- se embarcó en un período de 47 meses de crecimiento económico ininterrumpido con tasas tan elevadas como las de China y, sin embargo, los problemas crónicos del subdesarrollo, que afectan a Brasil y a México, también se exhiben con singular nitidez en la Argentina: pobreza, exclusión social, desempleo, altas tasas de analfabetismo abierto y funcional, baja productividad media, profundos desequilibrios regionales, debilidad estatal para imponer reglas del juego en la economía, retraso tecnológico, vulnerabilidad externa, fragilidad de las instituciones democráticas (cuando las hay), y múltiples formas de dependencia económica de los centros imperialistas del poder mundial. (11)

En síntesis: en estos tres países hubo crecimiento económico, y en algunos casos el crecimiento, evidentemente con discontinuidades, llegó a ser realmente impresionante. Sin embargo, ninguno dejó de ser un país subdesarrollado y, por eso, al día de hoy exhiben los rasgos que caracterizan tal situación. Hubo una sola excepción en la historia económica contemporánea: Corea, el único país que en el siglo veinte trascendió las fronteras que separan subdesarrollo de desarrollo. Uno de los pocos, también, que a diferencia de los países de América Latina, jamás aplicó los “buenos consejos” del FMI, el BM y el Consenso de Washington y que, por eso mismo, fue el último en subirse al tren del desarrollo capitalista antes de que se alejara definitivamente de la estación a mediados del siglo veinte. Todos los demás llegaron tarde y ahora quedarse a esperar su regreso es un arrebato de nostalgia destinado inexorablemente al fracaso. (12)

Repensar al socialismo
La conclusión de estas breves reflexiones sobre la historia económica comparada es la siguiente: quien quiera hoy hablar de desarrollo tiene que estar dispuesto a hablar de socialismo; y si no quiere hablar de socialismo debe callar a la hora de hablar del desarrollo económico. La experiencia internacional es taxativa: países considerados “la gran promesa”, poseedores de un futuro brillante en el concierto capitalista mundial, se debaten en medio del subdesarrollo, la pobreza y la dependencia un siglo después de aquellos pronósticos tan favorables. Los gobiernos y el público en general tienen que admitir que, como dijera de Schweinitz, esa ruta está clausurada y que es necesario crear una opción nueva. La declaración del Presidente Hugo Chávez Frías en el sentido de que dentro del capitalismo no hay solución para los problemas de América Latina sintetiza adecuadamente el resultado de numerosos estudios e investigaciones. Si hay una solución -y si tenemos tiempo de encontrar una solución dada la amenaza de holocausto ecológico que se cierne sobre el planeta- habrá que buscarla fuera del capitalismo, en el campo del socialismo. (13)

Por lo tanto, la propuesta de avanzar en la construcción del socialismo del siglo veintiuno es una invitación que no debe ser desechada. Claro está que, en el terreno económico, se trata de un socialismo superador de la anacrónica antinomia “planificación centralizada o mercado incontrolado” y que, en cambio, abre espacios para la imaginación creadora de los pueblos en la búsqueda de nuevos dispositivos de control popular de los procesos económicos, dotados de la flexibilidad suficiente para responder con rapidez al torrente de innovaciones que día a día modifica la fisonomía del capitalismo contemporáneo. Un socialismo que potencie la descentralización y la autonomía de las empresas y unidades productivas y, al mismo tiempo, haga posible la efectiva coordinación de las grandes orientaciones de la política económica. Un socialismo que promueva diversas formas de propiedad social, desde empresas cooperativas hasta empresas estatales y asociaciones de éstas con capitales privados, pasando por una amplia gama de formas intermedias en donde trabajadores, consumidores y técnicos estatales se combinen de diversa forma para engendrar nuevas relaciones de propiedad sujetas al control popular. Uno de los problemas más serios que tuvo la experiencia soviética, y todas las que en ellas se inspiraron, fue la de confundir la propiedad pública con la propiedad estatal. Uno de los desafíos más grandes del socialismo del siglo veintiuno será demostrar que existen formas alternativas de control público de la economía distintas a las del pasado. Pero, es preciso tener en claro que tal como lo dijera en su tiempo Rosa Luxemburgo, el futuro, sobre todo para los sobrevivientes del holocausto social del neoliberalismo, es el socialismo o, en caso de que no logremos construirlo, ser testigos de la perpetuación y agravamiento de esta barbarie que pone en peligro la sobrevivencia misma de la especie humana.

Estamos ante una situación crítica en la cual, como dijera Simón Rodríguez, “o inventamos o erramos”. No hay modelos por imitar, Puede haber experiencias que sirvan como fuentes de inspiración, pero nada más. Una China que alimenta a diario a mil trescientos millones de personas seguramente que tendrá algo digno de ser aprendido en el terreno de la producción agraria. Un Vietnam que renace de las cenizas de la destrucción de que fuera objeto a manos de los Estados Unidos también tiene algo que enseñarnos. Los extraordinarios logros de Cuba en materia de salud y educación contienen valiosísimas lecciones que los países subdesarrollados deben estudiar con suma atención. Pero la construcción del socialismo del siglo veintiuno, condición necesaria para el desarrollo de nuestras sociedades, no puede ser producto de actos imitativos. Fidel dijo reiteradamente que “cada vez que copiamos nos equivocamos”, subrayando la sabiduría contenida en la sentencia de Simón Rodríguez. Y un gran teórico marxista latinoamericano, José Carlos Mariátegui, ya había advertido los alcances de este desafío cuando dijera que el “socialismo en América Latina no puede ser calco y copia sino invención heroica de nuestros pueblos.” Es con este predicamento que nuestros pueblos deberán construir el socialismo del siglo veintiuno, condición necesaria para salir definitivamente del subdesarrollo.

Notas:
1) El Che participó, como Ministro de Industrias de Cuba, en la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), un organismo dependiente de la OEA, que sesionó en Punta del Este entre el 5 y el 18 de Agosto de 1961, a escasos cuatro meses de la fallida invasión a Playa Girón. En su primera intervención en la Conferencia el Che pronunció un vibrante alegato denunciando los modestísimos alcances de un supuesto programa de desarrollo económico auspiciado por los Estados Unidos, la fallida Alianza para el Progreso, representado en la Conferencia por su Secretario del Tesoro, Douglas Dillon, que por su énfasis en la construcción de redes cloacales el revolucionario argentino-cubano denominó sarcásticamente como “la letrinización de América Latina”. Los modestos objetivos que se proponía la Alianza, que ni siquiera fueron alcanzados por ningún país, contrastaban llamativamente con las grandes realizaciones que Cuba había logrado en dos años y medio de revolución y que la habían convertido, entre otras cosas, en el primer territorio libre de analfabetos de las Américas. 2) Para un análisis sobre la naturaleza y el impacto de las ideas de Rostow véase Roffinelli y Kohan, 2003. 3) No deja se ser asombrosa la coincidencia de perspectivas entre la obra de un teórico conservador como Walter W. Rostow y la de quienes, desde una perspectiva presuntamente crítica, se inspiran en la obra de Hardt y Negri. En una entrevista concedida al matutino argentino Página/12 Cocco y Negri descalifican al concepto de imperialismo y juzgan como lamentable al “antiimperialismo”. No podrían haber estado más de acuerdo con el teórico preferido de la Administración Kennedy. Cf. Gago, 2006 4) Un ejemplo de nuestros días lo ofrece la obra de Hardt y Negri, Imperio, en la cual se asegura que países como Bangladesh y Haití se encuentran al interior del imperio puesto que éste todo lo abarca. Pero, ¿se hallan por eso en una posición comparable a la de los Estados Unidos, Francia, Alemania o Japón? Si bien afortunadamente admiten que no son idénticos desde el punto de vista de la producción y circulación capitalistas Hardt y Negri concluyen, para estupor de los estudiosos, que entre “Estados Unidos y Brasil, Gran Bretaña y la India no hay diferencias de naturaleza, sólo diferencias de grado”, tesis ésta que suscribiría con entusiasmo el propio Rostow. (Hardt y Negri, p. 307) Como bien recuerda Amin, las periferias del sistema mundial no son tan sólo “formaciones desigualmente desarrolladas” sino que se trata de formaciones sociales interdependientes precisamente en función de esa desigualdad. Para una crítica a la visión radicalmente equivocada y funcional al imperialismo de Hardt y Negri ver Boron, 2002. 5) Al momento de escribir su libro nuestro autor era profesor de la Northwestern University, una universidad de elite radicada nada menos que en Chicago y muy influenciada por el prestigio intelectual que por entonces gozaba la Escuela de Chicago de donde saldría, entre otros, uno de los grandes ideólogos de la contrarrevolución neoliberal de los años setentas. Nos referimos a Milton Friedman, por supuesto. 6) Antes de proseguir con nuestra argumentación se impone una aclaración. Las usinas ideológicas de la derecha, con el auxilio invalorable de algunos ex -izquierdistas, ha impuesto un lugar común que podría sintetizarse así: si bien se produjo en América Latina un “giro a la izquierda” Washington no debe reaccionar indiscriminadamente ante el peligro que esto podría entrañar para la “seguridad nacional” norteamericana, el normal funcionamiento de los mercados y la seguridad jurídica de las inversiones extranjeras en la región. Existen, según los Castañedas, Vargas Llosas, Fuentes y tantos otros, dos izquierdas: una “seria y racional”, que comprende la importancia de no interferir con la lógica de los mercados y otra, anatemizada como “radical”, “populista” o “demagógica” según los diversos autores, empeñada en contradecirla. La primera vertiente incluye como ejemplos paradigmáticos los casos de la Concertación chilena y el gobierno de Lula en Brasil, si bien hay otros en la región que también podrían encuadrarse en este modelo como el de Tabaré Vázquez en Uruguay y Alan García en el Perú. Ejemplos rotundos de la segunda serían los de Cuba y Venezuela, a los que posteriormente se agregó el de Evo Morales en Bolivia y, más recientemente todavía, el de Rafael Correa en el Ecuador. El caso de Kirchner ocupa un lugar muy especial porque si bien por su retórica podría encasillárselo junto a Chávez y Evo, la orientación de sus políticas económicas -hecha excepción de la quita en los bonos de la deuda externa- se encuadra en los grandes lineamientos del Consenso de Washington. En realidad, cuando se habla de “izquerda” en América Latina tal caracterización le cabe exclusivamente a los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Los demás son, en el mejor de los casos, gobiernos de centro a los cuales el rótulo de “centro izquierda” les queda demasiado grande y constituye una distinción inmerecida en función de sus pobres desempeños en materia de justicia social. 7) Sobre este tema, ver Katz, 2004b.8) Recordar la visita de Milton Eisenhower a la Argentina, testificando el cambio en las relaciones con los Estados Unidos, luego de que el gobierno peronista admitiera el ingreso de las firmas petroleras norteamericanas y abandonara las políticas heterodoxas utilizadas en el período 1946-1951. Para testimoniar esa reorientación, que implicaba un primer acercamiento al FMI, Eisenhower, enviado personal de su hermano Ike, a la sazón presidente de los Estados Unidos, fue condecorado con la medalla de la lealtad peronista, el máximo galardón otorgado por el partido a quienes sobresalían en su lucha por los principios de justicia social que supuestamente encarnaba el peronismo. 9) El superministro de las fuerzas armadas brasileñas en ese período no fue otro que Delfím Netto quien, en la actualidad, se cuenta como uno de los principales asesores del Presidente Lula. Este ha repetidamente señalado la excelente vinculación que lo une con el ex -funcionario del régimen militar. En una entrevista reciente Lula dijo que 'Pasé más de 20 años criticando a Delfim (cuando Lula militaba en el sindicato metalúrgico y luego en la Central Unica de Trabajadores) y ahora él es mi amigo y yo soy su amigo', afirmó. Luego aseguró que 'quien va más de derecha, va quedando más de centro. Quien está más de izquierda, va quedando más socialdemócrata, menos a la izquierda'. En esa misma entrevista Lula declaró que, habiendo cumplido los 60 años, “ya no está en edad para ser de izquierda.” (Clarín, 2006) 10) Pese a que, bajo fuerte presión de EEUU, la OECD le confirió esa condición a México una vez que firmó el TLC con Estados Unidos y Canadá. Pero se trató de una maniobra propagandística del imperio y nada más. Los 500.000 mexicanos que cada año arriesgan su vida para cruzar la frontera demuestran con elocuencia la falacia de esa calificación. 11) Es preciso recordar que más allá de las etapas de altas tasas de crecimiento de corta duración un país como la Argentina registró muy elevados índices durante el período 1880-1914, sin que ello fuera suficiente para dar lugar a un capitalismo desarrollado. Otro tanto ocurrió con Brasil y México a lo largo de gran parte del siglo veinte, y los resultados fueron los mismos. Está fuera de toda discusión el hecho de que el crecimiento produjo una transformación económica importante en la periferia del sistema, pero en ningún caso ese desempeño sirvió para instalar a esos tres países en el selecto club de los capitalismos desarrollados. 12) Alguien podría aducir, sin embargo, que el desarrollo de España, Portugal, Grecia e Irlanda demuestra que el tren del desarrollo capitalista retorna recurrentemente posibilitando que nuevos países se incorporen al mundo desarrollado. Pero, en realidad, esto no es así. España y Portugal fueron grandes metrópolis imperiales durante siglos, y su prolongada decadencia de ninguna manera puede equipararse a la situación de cualquiera de las sociedades coloniales de América Latina y el Caribe. Grecia fue durante siglos volátil botín del Imperio Otomano, Francia, Inglaterra y Rusia, e Irlanda una provincia sometida de la corona británica pero integrada a ese espacio económico. En todo caso el desarrollo de estos cuatro países es una proyección del proceso de acumulación capitalista en curso primero en las grandes potencias europeos y, posteriormente, en la Unión Europea. Lo que ésta ha hecho es equivalente a lo ocurrido cuando, por ejemplo, Italia aplicó desde los años sesenta del siglo pasado una política específica para promover el desarrollo de sus regiones más atrasadas, el Mezzogiorno. Eso mismo hizo la UE con los cuatro países mencionados. En el caso de América Latina, ¿quién está interesado en promover y financiar nuestro desarrollo? 13) Existe ya una abundante bibliografía en torno a la cuestión del socialismo del siglo XXI. Aparte de las diferentes intervenciones del Presidente Hugo Chávez Frías consúltese Katz, 2004 a, Katz, 2006; Kohan 2002; Martínez Heredia, 2005; Monedero, 2005; Petras, 2006; Puerta, 2006; Regalado Alvarez, 2005 Valdés Gutiérrez, 2006.

Bibliografía:
Baron, Ana 2006 “Cristina defendió el capitalismo y cuestionó otra vez el papel del FMI”, en Clarín (Buenos Aires) 19 de Septiembre, p. 5 Boron, Atilio A. 2002 Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri (Buenos Aires: CLACSO)Chibber, Vivek 2005 “El mito del estado desarrollista”, en Socialist Register en Español (Buenos Aires: CLACSO) Clarín 2006“Declaraciones del Presidente de Brasil: Lula dice que es viejo para ser de izquierda”, 13 de Diciembre. de Schweinitz Jr, Karl 1964 Industrialization and Democracy. Economic necessities and political possibilities (Glencoe: The Free Press) Frank, André Gunder 1964 Capitalism and Underdeveloment in Latin America: Historical Studies of Chile and Brazil (New York: Monthly Review Press) Gago, Verónica 2006 “América Latina está viviendo el momento de una ruptura. Entrevista a Toni Negri y Giuseppe Cocco” en Página/12 (Buenos Aires) |Lunes 14 de Agosto. Garcés, Homar. 2006 “El socialismo del siglo XXI” Argenpress, 31 de Enero Hardt, Michael y Antonio Negri, 2000 Imperio (Buenos Aires: Paidós) Katz, Claudio 2004 a El porvenir del Socialismo (Buenos Aires: Herramienta)
Katz, Claudio 2004 b “Argentina: burguesías imaginarias y existentes”, en www.rebelion.org 8 de Febrero
Katz, Claudio 2006 “Socialismo o neodesarrollismo”, www.rebelion.org 28 de Noviembre.
Kohan, Néstor 2002 Marx en su Tercer Mundo. Hacia un socialismo no colonizado (Buenos Aires: Biblos) Martínez Heredia, Fernando 2005 “Movimientos sociales, política y proyectos socialistas”, en En el horno de los 90 (La Habana, Editorial Ciencias Sociales) Monedero, Juan Carlos 2005 “Socialismo del siglo XXI: modelo para armar y desarmar”, en Red Voltaire, 16 de Septiembre.Petras, James.2006 “Propuesta para el nuevo orden social, económico y cultural” www.rebelion.org 21 de Mayo Puerta, Jesús 2006 “Socialismo y desarrollo endógeno” en Participación y socialismo, N° 2, Abril-Mayo. Regalado Alvarez, Roberto 2005 “La izquierda latinoamericana hoy”, Cuadernos del CEA (La Habana, Cuba) Rodríguez Yebra, Martín 2006 “Kirchner hizo promesas en Wall Street” en La Nación (Buenos Aires) 21 de Septiembre. Roffinelli, Gabriela y Néstor Kohan, entrevista a Samir Amin, 'He sido y sigo siendo comunista', en www.rebelion.org 27 de Septiembre. Valdés Gutiérrez, Gilberto.2006 “Desafíos de la sociedad más allá del capital”. www.emancipación.org, Zibechi, Raúl 2003 ALAI-AMLATINA, Octubre 9. http://alainet.org/listas/info/alai-amlatina  

Propuesta de investigación para la nueva convocatoria del convenio Andrés Bello

“La universidad y los procesos de integración social”.

 

Temática: Pensamiento integracionista contemporáneo en América Latina.

 

Proyecto “Pensamiento latinoamericano incluyente desde la perspectiva de la Alternativa Bolivariana para las Américas”

Dicho proyecto se estructura en cuatro temas o subproyectos:

 
  1. La integración como valor esencial del desarrollo sostenible de América Latina en la actualidad.

Hipótesis

    • Las teorías clásicas acerca del Estado Nación no permiten explicar adecuadamente los procesos de formación nacional en A. Latina, y por tanto, solo a través de su crítica y superación se puede entender el proceso de construcción de lo nacional en A. Latina y de lo propiamente latinoamericano.
  1. Viabilidad y necesidad de una teoría critica de las formaciones nacionales y el nacionalismo en las condiciones contemporáneas de A. latina
 

Hipótesis

    • La formación de los actores sociales latinoamericanos y las condiciones de su desarrollo no puede ser explicada desde una visión estatista. Dicha visión es constantemente transformada por dinámicas sociales complejas que se propician entre regiones no coincidentes entre si(económicas políticas y culturales) que influyen notablemente  en la formación de los actores sociales contemporáneos
  1. Las políticas de desarrollo endógeno como modelo para la inclusión social de los diversos actores del escenario latinoamericano.
 

Hipótesis

    • La participación de las grandes masas en los procesos de desarrollo de su localidad, región, país etc. es la base que define al desarrollo endógeno como modelo de inclusión social.
  1. Las políticas  de rescate de la identidad nacional como elemento propiciador de la inclusión social y la integración latinoamericana.
 

Hipótesis

    • El desarrollo de las identidades nacionales latinoamericanas y su promoción lejos de entorpecer el proyecto de integración latinoamericano lo complementan y potencian.